Monstruo de la 18.00: El Metro

Ostia! tu! con el metro! Me ocurrió el otro día. Salí de clase a las 6, hora punta en Sao Paulo. Sabiendo esto y con total desconocimiento de lo que se nos venía encima, Ana y yo continuamos con el plan de volver a casa en transporte público.

Cuando comenzamos nuestra odisea ya se veía mucha gente, mucha, en los tornos. Los andenes no estaban tan atestados, pero había suficiente masa humana como para tener que esperar a que llegase el siguiente metro para subirnos. Tengo que explicar que en las vías hay barrotes de acero frente al lugar en el que se deben abrir las puertas. Tienen forma de “L”, para que por un lado entre la gente y por el otro salgan. Cuando el primer vagón estaba a punto de llegar, la gente empezó a salir hasta de debajo de las piedras colapsando ambos lados de las barras de metal, de forma que no se podía salir porque los que entraban empujaban hacia adentro. Sin mencionar que se estaban colando… En cualquier caso, los de los extremos comenzaron a entrar y nosotras, literalmente, no pudimos avanzar. Antes de partir el maquinista tuvo que abrir y cerrar las puertas hasta cinco veces porque la gente no cabía. Era la definición más gráfica de sardinas en lata que había visto hasta el momento. Cuando se fue, Ana y yo nos quedamos en primera línea. A lo mejor, a simple vista, esto no significa nada, por eso creo pertinente aclarar que la primera fila es la línea blanca, es decir, el fin del andén. Un centímetro más y te caes a las vías. Así que yo estaba ahí, medio cuerpo fuera, medio dentro y una marea de gente detrás de mí. Si alguno de ellos, aunque sea uno, decidía empujar antes de que llegase el metro: game over. A ambos lados tenía hombres de negociones y trabajadores que esperaban tranquilamente el siguiente tren con medio pie fuera. Mientras, yo no para de ver mi cara aplastada en los barrotes de hierro. Para colmo el tren se retrasaba, demasiado. Pasa con una frecuencia de entre dos y tres minutos, pero ya llevaba cinco. Cinco minutos pensando que si alguien empujaba no podría agarrarme a nadie, ni a los barrotes porque todo el mundo estaba tan apretado que no caería solo la primera fila, sino también la segunda y hasta la tercera…

Finalmente llegó el metro y nadie empujó, supongo que aquí es común estas situaciones y tienen algún modus operandi. Yo no entré, volé. Desde el suelo pavimentado de la estación hasta el otro lado del vagón. Literalmente, mis pies no tocaron el suelo y tuve que agarrarme a las barras de metal para que la corriente humana no me siguiese arrastrando. Ana también consiguió entrar y nos quedamos en una mala posición estratégica: en el medio del vagón, entre puerta y puerta. Nos bajábamos en la segunda estación. Si hasta ahora creía haberme sentido atrapada, todavía quedaba lo mejor por llegar. El tren paró convenientemente. Hora de salir, bueno o mejor de dicho, de trepar entre la gente. Estaba tan atestado que era imposible moverse. Una mujer le abrió espacio a Ana y yo conseguí colarme, pero solo era un trecho. Ana consiguió salir yo me quedé atrapada entre tanto cuerpo. Una mano agarrando con fuerza la mochila, otra apartando a la gente, un pie en el aire y el otro apenas rozando el suelo. A lo lejos un chaval gritaba sal, sal, sal. Había gente que empujaba de mi hacia dentro y otra tanta que empujaba hacia fuera. Durante unos segundos no conseguí moverme. La sensación de apremio, de tener que salir porque esta es tu parada no dejaba de martillearme. Una desesperación estúpida pero opresiva que nubla el entendimiento. No se en qué momento dejé de intentar pasar entre la multitud, a empujar con toda mi fuerza, pero parece que funcionó porque volví a salir volando del vagón. Creo que una señora fue la responsable del empujón final. En una escala de empujones donde lo mínimo es un toque en la espalda y lo máximo el empujón que recibirías de tu peor enemigo, este sería igual al que le darías al ser más malévolo del mundo, por la espalda, cuando está apunto de bajar las escaleras. Pues eso, que por segunda vez en el día volví a volar y eso que no dispongo de la anatomía para poder hacerlo. El andén estaba vacío. Casi caigo al suelo… y no puedo hacer otra cosa que echarme a reír, de forma un tanto desquiciada porque no podría creer lo que acababa de experimentar. La sensación de estar aplastada por personas convertidas en animales. Sin poder moverse o casi respirar.

En cualquier caso salí viva y con la firme convicción de no volver a subirme en ese monstruo que es el metro de las 6.

Pd: luego subo las fotos que hice.

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One thought on “Monstruo de la 18.00: El Metro

  1. Jajajaja, qué descojone. Bueno, ahora me río, pero temo que en Japón sea igual…
    Uff, no he leído esto hasta ahora, he estado liada con la mierda del Proyecto de Fin de Carreara 😦 😦
    ¡Pero ya tengo noticias de Japón! 😀 Estoy tan emocionada que no sé si escribir una entrada en el blog xD

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